No es este 24 de julio, día en que recordamos el natalicio de nuestro Libertador Simón Bolívar, un momento sencillo para los venezolanos.
A los que nos duele el país, los que amamos nuestra historia, y los que apreciamos esa costumbre de sentirnos bajo los controles de nuestra propia determinación, este día no nos sabe a fiesta.
El aire no se siente igual esta vez. Venimos de un mes exacto de una tragedia natural devastadora, y de un comienzo de año que nos hizo vivir directamente el alcance de las ambiciones de un imperialismo, que dejó ya de actuar “con buenos modales”.
Una fuerza brutal, desproporcionada y sin motivación se echó sobre nosotros. Invadió el país, mató a más de 100 personas y secuestró al presidente Nicolás Maduro.
Indigna ver tanta soberbia de un país ajeno, y tanto poder sin probidad disfrutando ahora un ejercicio de influencia a partir de un acto violento inmerecido.
Pero si bien no es un momento grato, el día es propicio para reencontrarnos con la energía que alimenta nuestro espíritu nacional, con la memoria de un hombre gigante, y con el legado de un ser humano extraordinario que superó desafíos impensables.
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