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Hablar de un «remedio para la concupiscencia» resulta ofensivo y corre el riesgo de empañar la hermosa visión idílica. Pero, ¿acaso eso no ignora la realidad del pecado original y las heridas que de él se derivan?
Todo remedio presupone una enfermedad. Recordar que el hombre, herido por el pecado original, está enfermo, ciertamente no es muy alentador. Ante la idea de que el acto conyugal pudiera remediar la concupiscencia, Yves Semen exclama: «No es una perspectiva muy emocionante…». Es cierto, pero ¿es eso motivo para no hablar del tema? ¿Acaso no necesitamos saber que estamos enfermos y conocer los remedios que Dios, en su bondad, ha planeado darnos?
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